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28 de septiembre de 2011 • 02:00

La resistencia pacífica de campesinos colombianos en el conflictivo Magdalena

 

Las castigadas comunidades campesinas del valle del río Cimitarra -en la conflictiva región colombiana del Magdalena Medio y con un Premio Nacional de Paz acuestas- combaten el conflicto armado con las armas de la resistencia pacífica e iniciativas colectivas.

Llevan sombrero, poncho y botas de goma, y con esa vestimenta igual arrean el ganado que se reúnen en juntas para discutir proyectos que ya han empezado perfilar el desarrollo de veredas desperdigadas a lo largo de la calurosa cuenca del Cimitarra, entre los departamentos de Antioquia y Bolívar (centro del país).

Varios asentamientos ubicados en este afluente del vasto río Magdalena han sido objeto de fumigaciones, incursiones guerrilleras y paramilitares, ejecuciones extrajuidiciales y continuas violaciones del Ejército al Derecho Internacional Humanitario (DIH), según reconocen sus moradores.

Y aunque a algunos les tocó "correr" por los ríos para huir de la "matazón terrible" y la quema de ranchos perpetradas por las paramilitares Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) a finales de la década de 1980, como relató a Efe Noel Antonio Durango, vecino de la vereda de Puerto Nuevo Ité, otros optaron por permanecer en su terruño.

Vivir en semejante epicentro del conflicto armado, que azota a Colombia desde hace medio siglo, ha supuesto mucho sufrimiento, admitió a Efe el líder la Junta de Acción Comunal de la aldea de Puerto Matilde, Carlos Martínez.

Sin embargo, para Martínez, todo un orador forjado en el seno de la Asociación Campesina del Valle del Río Cimitarra (ACVC), es vital trabajar por la paz aportando "el granito de arena, sin necesidad de irse a la violencia ni mucho menos hacer parte del conflicto".

Su contribución y la de la ACVC a la paz es una realidad que se plasma en los proyectos alternativos de cría de búfalos y ganado vacuno, construcción de vivienda y molienda de caña de azúcar para procesar panela, entre otras actividades, en que trabajan las 25 familias de Puerto Matilde.

Estas estrategias encaminadas a afianzar la soberanía alimentaria y el patrimonio de más de ocho mil familias que tuvieron que abandonar sus bienes o fueron despojadas, hicieron a la ACVC merecedora del Premio Nacional de Paz en 2010.

Según Martínez, este galardón supuso un punto de inflexión a partir del cual ha mejorado su calidad de vida, pues en febrero pasado se levantó la suspensión de la declaración de zona de resistencia campesina.

"Sosteniéndonos, resistiendo y trabajando en una zona de reserva campesina podemos evitar el desplazamiento y que la tierra quede en pocas manos, las de los terratenientes que necesitan para monocultivos y ganadería extensiva, y el deterioro del medio ambiente", indicó.

Además, remitió "la presión y la persecución" contra el campesinado, que le costó la vida a cinco dirigentes y sometió a procesos judiciales a cerca de una veintena de jornaleros, de los que seis fueron condenados por el delito de "rebelión".

A ello se unió un aluvión de denuncias de los llamados "falsos positivos" o ejecuciones extrajudiciales por parte del Ejército, que asesinaba campesinos y los presentaba como guerrilleros muertos en combate a cambio de beneficios.

Para aliviar su dolor y recuperar la memoria de estas comunidades, en el Puerto Nuevo Ité, levantaron un monumento en homenaje a las víctimas del terror entre 1987 y 2008, en su mayoría "falsos positivos" adjudicados al batallón Calibío del Ejército, que estuvo presente en la zona hacia el final de ese periodo.

Los niños dibujaron en él escenas de ataques aéreos y fusilamientos de campesinos, como el del hijo de María Oliva Ladino, que según relató conmocionada a Efe, iba a cargar listones de madera en la mula cuando el Ejército "le dio candela".

Las 120 juntas de acción comunal que conforman la ACVC en los municipios de Cantagallo y San Pablo, en el sur de Bolívar, y Yondó y Remedios, en Antioquia, vierten todas sus energías en reconstruir la memoria y en salir adelante.

Así, los búfalos, la madera y el oro de la extracción artesanal, son hoy la nueva moneda de cambio y sustento de los pobres caseríos del valle del Río Cimitarra.

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