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04 de julio de 2012 • 16:04 • actualizado el 10 de julio de 2012 a las 18:38

Sitp marca el ocaso de un fabricante de letreros para buses

Con su mentalidad de empresario, Alexander no deja de trabajar un solo día a la semana, no sale a vacaciones hace más de cuatro años y sus ingresos están destinados al ahorro.
Foto: Daniel Gómez
 

Estos parecen ser los días más tristes y con más incertidumbre de Alexander Daza, un carpintero de profesión, quien ha dedicado parte de su vida al transporte público realizando letreros y accesorios decorativos para buses. Con la llegada del Sistema Integrado de Transporte (Sitp) su codiciado trabajo ya no tendrá demanda, al menos en Bogotá.

Lleva más de 15 años trabajando con madera y unos 20 de haberse graduado como profesional en carpintería en el Sena. Su filosofía es trabajar para ahorrar, pues se acerca el fatídico día en que su labor con los letreros de los buses desaparezca, algo irreversible de cara a los nuevos proyectos de movilidad para la ciudad.

Recuerda que antes de que existiera el TransMilenio él era un joven en busca de proyectos lucrativos, no le importaba trabajar de más y siempre se le midió a todo tipo de retos. Esta perseverancia lo llevó a trabajar en Girardot por algo más de un año; una de las mejores experiencias que ha tenido.

"Yo era joven y la empresa con la que trabajaba me pagó los viáticos de todo un año para ir a trabajar en un hotel que estaban construyendo. Todo el sueldo que recibía era libre, pero así como ganaba, también gastaba", cuenta con algo de decepción este carpintero de 37 años.

Esa misma dedicación fue la que lo llevó a elaborar 'grandes obras', como las llama él, una de ellas, entre las que más recuerda, cuando la empresa lo mandó a hacer la biblioteca del periodista Darío Arizmendí.

Sin embargo, un día se dio cuenta de que podría empezar a trabajar para él mismo y no para un tercero y ese fue el momento en que decidió tomar el consejo de un amigo y montar su propio negocio.

HACIENDO  LETREROS

Empezó elaborando monederos de diferentes estilos y consolas para los buses. Ese tipo de trabajo también desapareció, porque los vehículos de servicio público no tienen ese lujo en la actualidad.

Posteriormente, por encargo de un conductor, hizo su primera tabla. No resultó perfecta, pero sí fue bien remunerada por lo que significaba en la época de los 80 un letrero para explicar con exactitud las rutas de los buses.

Poco a poco fue perfeccionando su técnica hasta encontrar su estilo personal: cada detalle, cada color y cada arreglo es 100 por ciento auténtico.

Estas primeras tablas se hicieron en una terraza en el barrio Fátima, del sur de la ciudad. De ese sector nunca se ha movido a pesar de que se ha trasteado al menos unas siete veces.

Era tal el éxito de sus tablas, y la gran cantidad de trabajo, que tuvo en el taller, bajo su mando, a cuatro personas. Su situación económica no podía estar mejor teniendo en cuenta que había ocasiones en que nadie de su equipo podía darse el lujo de descansar, pues los pedidos se les acumulaban. Había encargos hasta para rechazar.

Alexander recuerda que generar empleo era uno de sus mayores orgullos, pero en esos azares inexplicables de la vida el negocio se fue a pique por cortesía del anuncio del Sistema Integrado de Transporte Público.

Antes de que al Distrito se le ocurriera esta idea, este carpintero vendía más de 15 tablas diarias a un valor de $ 50.000 las grandes y a $ 25.000 las pequeñas. Con el anuncio del Sitp, los conductores dejaron de comprarle, y mucho menos a ese precio, bajo el pretexto de que no las iban a necesitar por un largo tiempo, así que preferían seguir utilizando las que tenían, a menos de que se las dejara más baratas.

Actualmente las tablas grandes en acrílico las vende a $ 35.000 y $ 25.000 en madera. Las pequeñas pueden costar entre $10.000 y $15.000 pesos.

EL NEGOCIO ENTRA EN CUIDADOS INTENSIVOS

Después de hacer hasta 20 tablas al día, en compañía de su equipo de trabajo, los pedidos fueron disminuyendo progresivamente.

Uno a uno, y con todo el dolor del alma, Alexander tuvo que empezar a despedir a sus colaboradores hasta el punto de quedar solo en el negocio. No necesitaba más gente para los diminutos pedidos que le hacían y tampoco tenía como responderles económicamente.

"Uno a uno les fui diciendo que el negocio estaba en crisis y que no les podía seguir dando trabajo. Pero tampoco podía sacarlos de la noche a la mañana, así que a cada uno lo dejé conmigo hasta que consiguieran otro lugar", dijo.

Su pesadilla se fue prorrogando, pues el Distrito aplazaba cada vez más la inauguración de la Fase III de TransMilenio y la implementación del Sitp. Esto le fue dando algo de tiempo para seguir haciendo tablas, sin ganarle lo mismo que antes, pero dejándole lo suficiente para emplear a su hermano Jason, un sólido pilar en el negocio.

Alexander se levanta temprano todos los días para cortar la madera o el acrílico de las tablas y dejárselo listo a Jason para que él los pinte con el compresor, mientras esto ocurre, Alex se va con los letreros hechos del día anterior hasta los paraderos de los buses para llevar el material encargado.

Después de esperar por varias horas a que lleguen todos sus clientes, se devuelve desde el paradero en el que esté, algunas veces en el otro extremo de la ciudad, para seguir armando los letreros. En ese periodo, Jason ya ha terminado de pintar las tablas y se dispone a adelantar trabajo para el otro día.

Este ahora es el negocio de los dos y de momento, a menos que logren una vinculación con el Distrito, serán pocas las tablas que tengan que hacer.

OTRO TIPO DE NEGOCIO

Hace dos años Alexander compró un carrito perrero para ponerlo en frente de su casa y con eso, mientras Jason y él se dedicaban a su oficio, su esposa podía trabajar y obtener algunos ingresos extra con la comida.

Este negocio, que en un principio le dio tanta felicidad por sus ganancias, tan solo le duro dos meses, ya que los vecinos del sector se comenzaron a quejar por la invasión al espacio público. Un día, sin aviso alguno, llegó la Policía 'buscando el tal carrito' para decomisarlo, pero por cosas de la vida ese viernes no pudieron sacarlo.

Desde ese entonces, las autoridades fueron en repetidas ocasiones para tratar de hallar el puesto de comida, pero antes de eso Alexander y su familia decidieron dejarlo guardado temporalmente para evitar perder la inversión, la cual aún no han terminado de pagar porque para adquirirlo pidieron un préstamo al banco por $ 2.000.000.

Ese carrito de perros continúa guardado, pues no han podido conseguir el plante para ponerlo en funcionamiento de nuevo. En su taller, cubierto de polvo y untado de pintura, el puesto móvil de comida es un mueble más utilizado para hacer letreros.

No obstante, está en excelentes condiciones. Algo manchado y desgastado; nada que una lijada y una manito de pintura no puedan arreglar.

Este puesto de comida volverá a salir a las calles de Fátima. Ese es el objetivo de la familia Daza. Por su parte, y pensando en volver a tener un negocio, Alexander se inscribió en un curso del Sena de ensamble de computadores. Según él, con este nuevo enfoque, las finanzas de la familia se sanearán.

Con su mentalidad de empresario Alexander no deja de trabajar un solo día a la semana, no sale a vacaciones hace más de cuatro años y sus ingresos están destinados al ahorro pues, además de reabrir el carrito perrero quiere dedicarse al sector informático y, porqué no, montar una carpintería.

 

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